El blues local: la ruta de las jam sessions en los pubs de la capital

 

A pesar de ser un género nacido en el delta del Mississippi y criado en los barrios trabajadores del sur de los Estados Unidos, el blues encontró en la Ciudad de Buenos Aires una segunda patria de adopción caracterizada por una identidad sonora, poética y expresiva de un valor artístico incalculable. Desde que pioneros absolutos como la agrupación Manal —integrada por Javier Martínez, Claudio Gabis y Alejandro Medina— demostraran a finales de los años sesenta que la melancolía, el dolor, la alineación urbana y el ritmo del twelve-bar blues podían cantarse de manera perfecta en idioma español utilizando la jerga y la poesía del asfalto porteño, la ruta del blues local comenzó a construirse sobre una sólida red de pubs, bares de trasnoche y jam sessions clandestinas.

Durante las décadas de 1980 y 1990, la escena del blues en la capital argentina vivió su período de mayor efervescencia y popularidad masiva, impulsada por la figura monumental de Norberto "Pappo" Napolitano. El legendario guitarrista y fundador de Pappo's Blues no solo fue el gran embajador del género en el país —llegando a compartir escenario en el mismísimo Madison Square Garden con la leyenda mundial B.B. King, quien lo definió como uno de los mejores guitarristas del planeta—, sino que fue el principal dinamizador del circuito de pubs porteños. Espacios de culto como "El Samovar de Rasputín" en el histórico pasaje Caminito del barrio de La Boca —regenteado por el músico Nápoli—, "La Revuelta", "Blues Special Club", "Die Schule" y "La Trastienda" en San Telmo se transformaron en las paradas obligadas de la ruta del blues argentino.

La verdadera columna vertebral que ha mantenido viva y pulsante la llama del blues en Buenos Aires es la tradición ininterrumpida de sus jam sessions. Noche tras noche, en pubs de penumbra tenue iluminados por la luz de los amplificadores de válvulas, músicos consagrados y jóvenes promesas se suben al escenario de forma improvisada para interpretar los estándares del blues tradicional y del repertorio nacional. La estructura flexible del género permite que un guitarrista de un barrio del oeste, un armonicista de la zona sur y un pianista del centro se acoplen en segundos para desatar solos incendiarios de una emotividad desgarradora. La armónica se consolidó en la ciudad como un instrumento casi nacional, gracias a la escuela iniciada por referentes de la talla de Luis Robinson y Adrián Otero al frente de la Memphis la Blusera.

En la actualidad, la ruta del blues porteño sigue transitándose con fervor en recintos emblemáticos que se niegan a apagar sus amplificadores. El género continúa resonando en el circuito de pubs capitalinos como un lenguaje de hermandad y catarsis colectiva, demostrando que la tristeza cantada, cuando se ejecuta con la honestidad de una guitarra gastada en un pub de Buenos Aires, posee la capacidad universal de curar el alma y mantener encendida la noche de la ciudad.