En la estratégica y siempre efervescente esquina de las avenidas Rivadavia y Jujuy, frente a la imponente Plaza Miserere en el corazón del barrio de Balvanera, funcionaba el histórico bar y restaurante La Perla del Once. Este tradicional establecimiento porteño, caracterizado por sus amplios ventanales, sus mesas de madera oscura y su incesante desfile de clientes provenientes de la estación de trenes y del centro comercial del Once, era durante las décadas de 1960 y 1970 un bar abierto las veinticuatro horas del día. Esta condición de refugio nocturno permanente lo convirtió en el punto de reunión obligado para los estudiantes universitarios de la vecina Facultad de Psicología y, muy especialmente, para el grupo de jóvenes bohemios y músicos que frecuentaban el sótano de La Cueva de la avenida Pueyrredón.
Cuando el bar La Cueva cerraba sus puertas entrada la madrugada o cuando la presencia policial hacía riesgosa la permanencia en el sótano, el grupo de músicos pioneros del rock nacional peregrinaba caminando por la noche porteña hacia La Perla del Once. Allí, en las mesas del fondo del salón, encontraban un espacio tranquilo e iluminado donde tomar un café bien caliente, discutir sobre filosofía y literatura contemporánea, y continuar trabajando en sus canciones. El salón del bar ofrecía además un refugio clave: sus amplios baños públicos, caracterizados por una acústica limpia, profunda y resonante generada por sus paredes de azulejos blancos. Músicos como Tanguito, Lito Nebbia y Moris utilizaban rutinariamente el baño del local como un improvisado estudio de ensayo nocturno donde probar acordes con sus guitarras acústicas sin molestar excesivamente a los parroquianos que descansaban en las mesas.
Fue precisamente en una de esas madrugadas del año 1967, dentro del baño de hombres de La Perla del Once, cuando ocurrió el hito fundacional más importante de la música joven argentina. José Alberto Iglesias, conocido popularmente como Tanguito, comenzó a rasguear una secuencia simple de acordes en su guitarra acústica mientras cantaba la frase inicial: "Estoy muy solo y triste acá en el bar...". Escuchando desde afuera, el joven músico rosarino Lito Nebbia ingresó al recinto, tomó la idea melódica de Tanguito y, sentado a una de las mesas de La Perla, completó la estructura armónica, el puente musical y la célebre letra que invitaba a construir "una balsa de madera para ir a navegar". Pocos meses después, grabada por el grupo Los Gatos en los estudios TNT, la canción "La Balsa" se transformó en un fenómeno de ventas descomunal que vendió más de 250.000 copias e inauguró oficialmente la era del rock nacional cantado en español.
A pesar de las inevitables transformaciones comerciales que sufrieron las esquinas del barrio de Balvanera a lo largo de las décadas y del posterior cierre del bar tradicional, la mesa histórica de La Perla del Once permaneció durante años señalada con una placa conmemorativa como un sitio de peregrinación obligada para los amantes del rock y la cultura popular. Aquella esquina de Rivadavia y Jujuy demostró cómo la sencillez de un café de barrio, la complicidad artística de dos jóvenes bohemios y la acústica accidental de un baño público se conjugaron para dar nacimiento a la canción más emblemática del cancionero moderno argentino.
En la estratégica y siempre efervescente esquina de las avenidas Rivadavia y Jujuy, frente a la imponente Plaza Miserere en el corazón del barrio de Balvanera, funcionaba el histórico bar y restaurante La Perla del Once. Este tradicional establecimiento porteño, caracterizado por sus amplios ventanales, sus mesas de madera oscura y su incesante desfile de clientes provenientes de la estación de trenes y del centro comercial del Once, era durante las décadas de 1960 y 1970 un bar abierto las veinticuatro horas del día. Esta condición de refugio nocturno permanente lo convirtió en el punto de reunión obligado para los estudiantes universitarios de la vecina Facultad de Psicología y, muy especialmente, para el grupo de jóvenes bohemios y músicos que frecuentaban el sótano de La Cueva de la avenida Pueyrredón.
Cuando el bar La Cueva cerraba sus puertas entrada la madrugada o cuando la presencia policial hacía riesgosa la permanencia en el sótano, el grupo de músicos pioneros del rock nacional peregrinaba caminando por la noche porteña hacia La Perla del Once. Allí, en las mesas del fondo del salón, encontraban un espacio tranquilo e iluminado donde tomar un café bien caliente, discutir sobre filosofía y literatura contemporánea, y continuar trabajando en sus canciones. El salón del bar ofrecía además un refugio clave: sus amplios baños públicos, caracterizados por una acústica limpia, profunda y resonante generada por sus paredes de azulejos blancos. Músicos como Tanguito, Lito Nebbia y Moris utilizaban rutinariamente el baño del local como un improvisado estudio de ensayo nocturno donde probar acordes con sus guitarras acústicas sin molestar excesivamente a los parroquianos que descansaban en las mesas.
Fue precisamente en una de esas madrugadas del año 1967, dentro del baño de hombres de La Perla del Once, cuando ocurrió el hito fundacional más importante de la música joven argentina. José Alberto Iglesias, conocido popularmente como Tanguito, comenzó a rasguear una secuencia simple de acordes en su guitarra acústica mientras cantaba la frase inicial: "Estoy muy solo y triste acá en el bar...". Escuchando desde afuera, el joven músico rosarino Lito Nebbia ingresó al recinto, tomó la idea melódica de Tanguito y, sentado a una de las mesas de La Perla, completó la estructura armónica, el puente musical y la célebre letra que invitaba a construir "una balsa de madera para ir a navegar". Pocos meses después, grabada por el grupo Los Gatos en los estudios TNT, la canción "La Balsa" se transformó en un fenómeno de ventas descomunal que vendió más de 250.000 copias e inauguró oficialmente la era del rock nacional cantado en español.
A pesar de las inevitables transformaciones comerciales que sufrieron las esquinas del barrio de Balvanera a lo largo de las décadas y del posterior cierre del bar tradicional, la mesa histórica de La Perla del Once permaneció durante años señalada con una placa conmemorativa como un sitio de peregrinación obligada para los amantes del rock y la cultura popular. Aquella esquina de Rivadavia y Jujuy demostró cómo la sencillez de un café de barrio, la complicidad artística de dos jóvenes bohemios y la acústica accidental de un baño público se conjugaron para dar nacimiento a la canción más emblemática del cancionero moderno argentino.
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