La tradición del Padel y Squash: El resurgimiento de los clubes de barrio con canchas de vidrio y la historia de Argentina como potencia mundial del padel
A finales de la década de 1980 y principios de los años noventa, la Argentina experimentó una verdadera fiebre social por el pádel. De la noche a la mañana, terrenos baldíos, garajes gigantescos y patios traseros de los clubes de barrio de Buenos Aires fueron sepultados bajo toneladas de cemento y rodeados por paredes de mampostería y redes sintéticas para dar paso a miles de canchas. Aunque aquella primera burbuja comercial sufrió un colapso estrepitoso hacia fines de esa misma década debido a la saturación de la oferta, las lesiones articulares provocadas por las puestas de hormigón rígido y las sucesivas crisis económicas, la semilla del pádel había quedado sembrada en la memoria motriz de la sociedad porteña.
Aquel fenómeno noventoso dejó como legado indiscutido la consolidación de la Argentina —y de los entrenadores y jugadores formados en los clubes del área metropolitana— como la máxima potencia del pádel mundial junto a España. Figuras históricas que dieron sus primeros palazos en las canchas de mampostería porteñas sentaron las bases metodológicas de un juego agresivo, táctico y de reflejos felinos que dominó los circuitos internacionales durante décadas. Mientras que en el resto del mundo el deporte era una curiosidad exótica, en los barrios porteños se pulía una técnica de volea, salida de pared y remate por tres metros que definió el estándar global de la disciplina.
En los últimos años, Buenos Aires presenció un resurgimiento monumental del pádel, pero bajo una fisonomía técnica y estética completamente renovada. Las antiguas canchas oscuras de paredes de cemento y piso de concreto rugoso fueron reemplazadas por recintos ultramodernos caracterizados por paredes de vidrio templado de alta resistencia, iluminación LED de alta definición y césped sintético de última generación con relleno de arena de cuarzo. Este salto tecnológico redujo drásticamente el impacto articular, permitió una visibilidad panorámica para los espectadores y dinamizó la velocidad del juego, transformándolo en un deporte masivo, ágil y altamente televisivo.
Paralelamente, el squash ha mantenido un circuito histórico de alta exigencia en clubes privados, centros deportivos del microcentro porteño y complejos de los barrios de Belgrano y Recoleta. Aunque con un volumen de practicantes más acotado, el squash porteño ha funcionado como una escuela de disciplina física extrema, donde la velocidad de la pelota de goma, el uso estratégico de las paredes de madera y la resistencia aeróbica atraen a un perfil de deportistas que buscan un entrenamiento de máxima intensidad en tiempos reducidos.
El nuevo auge del pádel y la vigencia del squash han insuflado una nueva vida económica a los clubes de barrio de la capital. Las canchas de vidrio panorámicas no solo atraen a una nueva marea de jóvenes y adultos de todos los géneros que agotan los turnos nocturnos, sino que albergan las etapas locales del circuito profesional mundial. En esos recintos iluminados, donde el sonido seco del impacto de la bola contra el vidrio resuena hasta altas horas de la noche, Buenos Aires reafirma su condición de cantera inagotable de talentos y capital viva de los deportes de raqueta de pared.
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