: La red de arroyos invisibles: Los ríos subterráneos sobre los que se camina en la ciudad (Maldonado, Vega, Medrano) y la ingeniería de los túneles aliviadores
Bajo la trama ortogonal de asfalto, veredas de baldosas calcáreas y cimientos de hormigón armado por la que caminan a diario millones de porteños, fluye una vasta red fluvial oculta a la vista. La Ciudad de Buenos Aires está erigida sobre una cuenca hidrográfica sumamente compleja compuesta por más de diez arroyos principales y decenas de afluentes secundarios. Cursos de agua emblemáticos como el Maldonado, el Vega, el Medrano, el Cerezuela, el Radio Antiguo, el White y el San Antonio surcan el subsuelo de la capital, corriendo encajonados dentro de gigantescas bóvedas de ladrillo y conductos de hormigón que desembocan en el estuario del Río de la Plata o en la cuenca del Matanza-Riachuelo.
A finales del siglo XIX y principios del XX, el crecimiento demográfico acelerado y la expansión de la mancha urbana transformaron a estos arroyos de cauce natural en severos obstáculos para el desarrollo de la metrópoli. Durante los períodos de precipitaciones intensas, los arroyos experimentaban crecidas extraordinarias que inundaban extensos sectores barriales, aislando comunas enteras y propagando epidemias. La respuesta de las autoridades y de la ingeniería higienista de la época fue radical: en lugar de integrar los cursos de agua al paisaje urbano mediante parques inundables o corredores biológicos, se optó por la canalización, entubamiento y sepultamiento sistemático de las cuencas. Avenidas como Juan B. Justo (sobre el Maldonado), Blanco Encalada (sobre el Vega), Cabildo, Monroe o García del Río (sobre el Medrano) son, en realidad, los techos pavimentados de estos ríos prisioneros.
El entubamiento histórico, diseñado para caudales de lluvia del siglo pasado, resultó rápidamente insuficiente frente a la impermeabilización casi total del suelo porteño por la edificación intensiva y el fenómeno global del cambio climático, que incrementó la frecuencia de tormentas severas. Para resolver este desafío estructural, la ingeniería hidráulica argentina emprendió en las últimas décadas una de las obras subterráneas más ambiciosas de América Latina: la construcción de la red de túneles aliviadores profundos. Utilizando tuneleras de gran diámetro (TBM - Tunnel Boring Machines), se excavaron galerías gigantescas a más de veinte metros de profundidad por debajo de la red de Subte y de la infraestructura de servicios públicos existente.
El sistema de túneles aliviadores del arroyo Maldonado, junto con las obras de la cuenca del arroyo Vega y Medrano, funciona mediante un ingenioso esquema de gravedad y bombeo. Durante eventos de precipitaciones extremas, las cámaras de derivación capturan el exceso de agua antes de que sobrepase la capacidad de los conductos entubados tradicionales y lo encauzan hacia los túneles profundos. Estas moles de hormigón transportan millones de litros de agua por segundo a lo largo de varios kilómetros hasta las estaciones de bombeo ubicadas en la boca de salida del Río de la Plata, minimizando drásticamente las inundaciones en sectores históricamente vulnerables como Palermo, Belgrano, Saavedra y Villa Crespo.
La red de arroyos invisibles recuerda la condición fluvial e indomable del territorio sobre el que se erige Buenos Aires. Aunque la ciudad moderna camine sobre sus techos de hormigón sin percibir su presencia, esos ríos subterráneos continúan marcando la topografía suave de las pendientes barriales y exigiendo una convivencia inteligente mediante la ingeniería de vanguardia, demostrando que la naturaleza nunca desaparece por completo, sino que fluye pacientemente debajo de nuestros pies.
: La red de arroyos invisibles: Los ríos subterráneos sobre los que se camina en la ciudad (Maldonado, Vega, Medrano) y la ingeniería de los túneles aliviadores
Bajo la trama ortogonal de asfalto, veredas de baldosas calcáreas y cimientos de hormigón armado por la que caminan a diario millones de porteños, fluye una vasta red fluvial oculta a la vista. La Ciudad de Buenos Aires está erigida sobre una cuenca hidrográfica sumamente compleja compuesta por más de diez arroyos principales y decenas de afluentes secundarios. Cursos de agua emblemáticos como el Maldonado, el Vega, el Medrano, el Cerezuela, el Radio Antiguo, el White y el San Antonio surcan el subsuelo de la capital, corriendo encajonados dentro de gigantescas bóvedas de ladrillo y conductos de hormigón que desembocan en el estuario del Río de la Plata o en la cuenca del Matanza-Riachuelo.
A finales del siglo XIX y principios del XX, el crecimiento demográfico acelerado y la expansión de la mancha urbana transformaron a estos arroyos de cauce natural en severos obstáculos para el desarrollo de la metrópoli. Durante los períodos de precipitaciones intensas, los arroyos experimentaban crecidas extraordinarias que inundaban extensos sectores barriales, aislando comunas enteras y propagando epidemias. La respuesta de las autoridades y de la ingeniería higienista de la época fue radical: en lugar de integrar los cursos de agua al paisaje urbano mediante parques inundables o corredores biológicos, se optó por la canalización, entubamiento y sepultamiento sistemático de las cuencas. Avenidas como Juan B. Justo (sobre el Maldonado), Blanco Encalada (sobre el Vega), Cabildo, Monroe o García del Río (sobre el Medrano) son, en realidad, los techos pavimentados de estos ríos prisioneros.
El entubamiento histórico, diseñado para caudales de lluvia del siglo pasado, resultó rápidamente insuficiente frente a la impermeabilización casi total del suelo porteño por la edificación intensiva y el fenómeno global del cambio climático, que incrementó la frecuencia de tormentas severas. Para resolver este desafío estructural, la ingeniería hidráulica argentina emprendió en las últimas décadas una de las obras subterráneas más ambiciosas de América Latina: la construcción de la red de túneles aliviadores profundos. Utilizando tuneleras de gran diámetro (TBM - Tunnel Boring Machines), se excavaron galerías gigantescas a más de veinte metros de profundidad por debajo de la red de Subte y de la infraestructura de servicios públicos existente.
El sistema de túneles aliviadores del arroyo Maldonado, junto con las obras de la cuenca del arroyo Vega y Medrano, funciona mediante un ingenioso esquema de gravedad y bombeo. Durante eventos de precipitaciones extremas, las cámaras de derivación capturan el exceso de agua antes de que sobrepase la capacidad de los conductos entubados tradicionales y lo encauzan hacia los túneles profundos. Estas moles de hormigón transportan millones de litros de agua por segundo a lo largo de varios kilómetros hasta las estaciones de bombeo ubicadas en la boca de salida del Río de la Plata, minimizando drásticamente las inundaciones en sectores históricamente vulnerables como Palermo, Belgrano, Saavedra y Villa Crespo.
La red de arroyos invisibles recuerda la condición fluvial e indomable del territorio sobre el que se erige Buenos Aires. Aunque la ciudad moderna camine sobre sus techos de hormigón sin percibir su presencia, esos ríos subterráneos continúan marcando la topografía suave de las pendientes barriales y exigiendo una convivencia inteligente mediante la ingeniería de vanguardia, demostrando que la naturaleza nunca desaparece por completo, sino que fluye pacientemente debajo de nuestros pies.
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