En la vasta galería de voces inmortales del tango argentino, la figura de Roberto Goyeneche, el "Polaco", ocupa un altar reservado para los intérpretes únicos e irrepetibles. Su estilo fraseado, su capacidad única para "decir" las letras de las canciones en lugar de simplemente cantarlas, su manejo magistral de los silencios y su timbre de voz rasgado y emotivo transformaron por completo la interpretación vocal del género en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, más allá de su éxito apoteótico y de su estatus de ícono cultural absoluto de la Argentina, la vida del Polaco estuvo marcada por una lealtad casi mística e inquebrantable hacia su barrio natal: el tranquilo y arbolado vecindario de Saavedra, ubicado en el extremo norte de la Capital Federal.
Nacido en 1926 en las cercanías del parque que define la geografía del barrio, Goyeneche creció en un ambiente humilde y profundamente porteño. Antes de consolidarse como el cantor de tango más importante de su generación, el Polaco trabajó duramente durante años como colectivo de la mítica línea 19 y como chofer de camiones, recorriendo diariamente las calles de la ciudad y absorbiendo la jerga, la respiración y los códigos del asfalto. Para Goyeneche, Saavedra no era una mera referencia postal o un lugar de residencia pasajero, sino el núcleo sagrado de su existencia, el refugio de sus afectos, la cuna de su pasión por el Club Atlético Platense y la fuente inagotable de su inspiración poética.
El salto a la consagración profesional de Roberto Goyeneche se produjo cuando fue convocado por el maestro Raúl Kaplún y, posteriormente, incorporado a la célebre orquesta de Horacio Salgán en la década de 1950. No obstante, fue su encuentro y su etapa de colaboración con Aníbal Troilo "Pichuco" a partir de 1956 lo que catapultó su figura a dimensiones estelares. La alianza afectiva y artística entre Troilo y el Polaco produjo algunas de las grabaciones más conmovedoras de la historia del tango, como "Garúa" o "La última curda". Más tarde, en su etapa de madurez en solitario y en sus colaboraciones históricas con Ástor Piazzolla —como la memorable grabación de "Balada para un loco"—, Goyeneche demostró que era un artista sin fronteras, capaz de emocionar tanto a los milongueros tradicionales de los clubes de barrio como a las nuevas generaciones de jóvenes roqueros que veían en él a un verdadero "punk" del tango por su actitud desinhibida y visceral sobre el escenario.
A pesar de las luces de la fama mundial, de sus giras por Europa y Japón y de las ovaciones multitudinarias en los teatros más elegantes de la calle Corrientes, el Polaco Goyeneche siempre elegía regresar al final de cada jornada a las calles apacibles de Saavedra. Era una estampa cotidiana y entrañable ver al Polaco caminando lentamente por la avenida Cabildo o sentarse a tomar un café en los bares tradicionales del barrio, conversando con los vecinos de toda la vida, opinando sobre el desempeño futbolístico de su querido Platense o compartiendo anécdotas de la noche porteña sin el menor atisbo de soberbia.
La trágica partida física de Roberto Goyeneche en agosto de 1994 conmovió profundamente al país entero, pero de manera muy especial a los vecinos de Saavedra, que perdían a su hijo dilecto y a su embajador más ilustre. Hoy en día, la avenida principal del barrio lleva con orgullo el nombre de Roberto Goyeneche, y el Parque Saavedra conserva en su aire la memoria de la voz rasgada más bella que haya caminado jamás por sus veredas, recordando la historia del hombre que conquistó el mundo sin alejarse un solo paso de las raíces de su amado barrio.
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